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domingo, 9 de septiembre de 2007

Brigada Iscuande

tomado del periodico El Tiempo, del domingo 9 de septiembre del 2007, seccion; nacion.

'Así recibí a una niña en medio de la selva'

Foto: Camilo Arjona
Gloria Lozano en medio de la emoción y el llanto recibió a la hija de Dalira Márquez.Durante la brigada de salud de la Dirección de Responsabilidad Social de EL TIEMPO, una periodista de esta casa participó en una cesárea realizada de urgencia. También en la dejación de juguetes bélicos hechos por los niños.

Jamás había asistido a una experiencia así. Pude ver el regalo más grande de la vida en medio de la selva: el nacimiento de una niña por cesárea.


Esta suerte maravillosa la tuve por cuenta de la brigada de salud de Alas para la Gente de la Dirección de Responsabilidad Social de EL TIEMPO, que ya es conocida en regiones apartadas del país.

Médicos de diferentes especialidades visitan las zonas para atender a sus habitantes y llevarles medicinas. Esta brigada en Iscuandé (Nariño), una región selvática y húmeda, en la que confluye el agua salada del mar y la dulce del río Iscuandé, pintaba igual.

La emergencia se registró justo cuando el médico ginecobstetra Jaime Arango almorzaba en el único restaurante del pueblo.

Iscuandé es una región donde abunda la pobreza, las calles son de arena y empedradas. Como llueve casi todos los días, se camina en medio de charcos y barro. Sin embargo, para los iscuandeños es una bendición la lluvia porque no hay agua potable en la región. "Cada vez que cae ese preciado líquido del cielo es la oportunidad para sacar ollas gigantes y recogerla. Guardamos para cocinar los alimentos, lavarse los dientes y bañarse", cuenta Marta Valencia, nativa del lugar.

Ese día, el sonido del aguacero se confundió con el llanto de Dalira Márquez, una mujer negra, alta y robusta con casi nueve meses de embarazo, que suplicaba por la presencia de un doctor.

Su mamá, vestida tan solo con un traje azul desgarrado y roto, llegó corriendo sin zapatos a donde estábamos almorzando. Los médicos dejaron a un lado su plato y se desplazaron tan rápido como pudieron.

El camarógrafo y yo alistamos nuestros equipos para registrar el primer nacimiento de un bebé en una brigada de Alas para la Gente.

Para cerciorarse de la situación, el médico ginecobstetra hizo la ecografía y determinó que se tenía que hacer una cesárea porque el bebé estaba enredado con el cordón umbilical.

Dalira esperaba pacientemente su intervención. Yo estaba igual o peor de asustada que ella porque jamás había visto un parto. Jaime, el médico, me hizo poner gorro, tapabocas, bata y zapatones azules. Yo pensé que era por precaución para no contaminar la limpieza de la sala de cirugía, pero él me invitó a entrar y me ubicó justo a su lado.

"Bisturí, pinzas y comencemos", escuchaba en medio de la sincronía de los especialistas: pediatra, anestesiólogo y enfermeras, que entregaban todos sus conocimientos, pero, sobre todo, su corazón, para que las cosas salieran bien.

Uno, dos, tres cortes de capas de piel sobre la parte inferior del estómago y así sucesivamente se fue abriendo camino para llegar hasta el bebé y ayudarlo a salir.

Cuando llegaron a la membrana del líquido amniótico, el médico me pasó unas pinzas para que yo la rompiera y lograra ver con mis propios ojos el milagro de la vida: el bebé dentro del vientre de su madre.

Pensé que sería una tarea fácil, pero cuando vi la responsabilidad, comencé a sudar. El brazo me temblaba, sentí que el corazón se me iba a salir, fue entonces cuando Jaime, mi cómplice en esta maravillosa experiencia, me ayudó a abrir las pinzas y con un suave movimiento rompió el tejido. Entonces pude ver la cabecita del bebé.

Segundos después, nació una hermosa niña: sana, grande y con peso ideal. Ahí las lágrimas se me escurrieron.

Pero el momento más especial fue cuando el médico puso la bebé en mis manos. Jamás me había sentido tan feliz, tan asustada y no podía contener las lágrimas. La niña, aún conectada a través del cordón umbilical, permanecía dormida, pero cuando le cortaron ese lazo de amor que la unió a su mamá durante nueve meses, tomó su primer aliento de independencia y comenzó a llorar.

Ella y su madre fueron dos de las 825 personas atendidas en diferentes especialidades durante la brigada de salud, realizada el fin de semana pasado, que contó con el apoyo permanente de la Fuerza Aérea Colombiana, la Armada Nacional y Signos de Vida.

Iscuandé, esa región de 5 mil habitantes que viven de la comercialización de productos como la tagua, el caucho, la corteza del mangle y el pescado, siempre me traerá un inolvidable recuerdo.

GLORIA LOZANO
PERIODISTA DE CITYTV